25 octubre, 2021

El hombre que amaba su pena

UnknownEra un hombre tan triste, tan triste, tan triste, que se sentía feliz de vivir en su tristeza, y tanto amaba su pena, que la llevaba consigo a todas partes. La ponía en sus bolsillos, como piedras de río, para notar el peso constante y sentirse así acompañado por esa presencia hermosa que era su Pena. Suya, de nadie más.

«Ay pobre de mi, que me hicieron daño», «Qué feliz que soy de ser tan triste», «Ay pobre de mi que me siento solo», «Qué placer que siento viviendo así», «Ay pobre de mi, qué pena me doy»,  «Ay pobre de mi que ni pena doy ya»…

Porque… cuando ya se deja de dar pena… entonces, ¿qué es lo que se da?

Y no le fueras tu a él con tu penas mundanas, porque ofenderías su orgullo de «Triste Mayor», y las «ningunearía», las empequeñecería y las reiría haciéndolas minúsculas, ridículas y pasajeras ante Penas tan grandes y dichosas como las suyas.

Amaba tanto este pobre hombre su tristeza vital, que se convirtió en un infeliz de profesión, buscando siempre dar más y más pena. Y la pena, que tiene ese respeto momentáneo ante quien justamente la padece… cuando ya es cansina y monótona, deja de dar pena por fin y entonces, me pregunto yo… «Cuando la pena ya no da ni pena, entonces… ¿qué es lo que da?

Un pensamiento en “El hombre que amaba su pena

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